Hace pocos días estuve
viendo unos documentales sobre Egipto. La mayoría de la gente conoce lo más
representativo del misterioso país: las pirámides, las momias, la imponente
colección del museo del Cairo, el cálido recorrido por el Nilo y los camellos, entre
otras cosas. Pero uno de estos documentales me recordó una pequeña anécdota que
viví en un paseo por el Nilo. Un día nuestro guía nos tenía un plan completo
dando un precioso paseo por el río. La idea era visitar el típico pueblo nubio,
“tatuarnos” con gena, y disfrutar de un recorrido en faluca, la típica
embarcación de vela cuadrada que utiliza la población de la zona para
transportarse y comerciar. En un punto del camino, Mustafa, nuestro guía,
decidió parar en una playa del río libre de turistas y con un chiringuito donde
refrescarnos. Frente a la playa se alzaba una duna inmensa, tras la cual,
siempre según Mustafa, se encontraba el desierto de Libia. Nunca había estado
en una duna y él nos invitó a que la subiéramos para ver el bonito paisaje y el
desierto que estaba al otro lado. Ese día hacía mucho calor, pero decidimos
subir y disfrutar de las vistas. Craso error!
Tras veinte minutos de terrible subida, andando a gatas, enterrada en la
arena, con los pies quemados y sin resuello, apenas había recorrido una tercera
parte del camino y creía morir! Las
cosas no eran como en las películas, jajaja! Paseo idílico en la cresta de la
duna, la ropa ondeando al viento… finalmente, cuarenta y cinco minutos de esfuerzo después y con el pecho
lleno de orgullo acometí el último tramo, por fin la cima! y al llegar:
Arggg!!! Era sólo un rellano a mitad del camino!! Allí decidí que tenía
bastante duna para el resto de mi vida y tras recuperarme de las náuseas y el
mareo que sentía por el esfuerzo, y después de sacar unas fotos muy bonitas de
las vistas hacia el Nilo, decidí bajar dando tumbos hasta la orilla de la
playa. Al llegar a la playita, Mustafa me esperaba con una sandía fresquita
para recuperarme del calor y del esfuerzo. Dentro del agua, y después de beberme
medio río gracias a una “aguadilla” que me hizo una compañera de viaje, le
pregunté a Mustafa cuántas veces había subido a la duna para ver las vistas, a
lo cual me contestó: ¡Ninguna! ¡Eso es para los tontos!.

Según se mire.
ResponderEliminarMustafa podrá tener la certeza, pero nunca sabrá si realmente se está perdiendo una preciosa vista del Nilo como la que dices que fotografiaste. O del desierto, aunque cabe esperar que de eso ya haya tenido más vistas parecidas, con mucho menos esfuerzo. Pero, ¿Mereció la pena? Si sí, entonces el tonto es él.
Vamos, que igual no es el mejor ejemplo, pero a veces hay que 'ser tonto' para estar seguro de que se ha sido tonto. En mi pueblo lo llamamos equivocarse y aprender.
Te escribo en este post por ser el último, pero ya me he ojeado los previos y están realmente divertidos. Sin duda tienes un estilo muy personal, lo escribes como lo hablas, sin filtros. Me cojo el asiento número 10 mientras espero a que escribas más. A ver si un día me decido yo, ¿quién sabe?
ResponderEliminarMe ha sorprendido mucho tanta temática cinéfila. No sabía yo esa faceta tuya. Tampoco lo de los viajes, ¡Cada día se descubren cosas nuevas de las personas, eh! Ah, y eres muy quejica, ya me gustaría ver la duna. Un paseito de abuela, como si lo viera...
Para comentar un poco sobre este tema, tu lo cuentas desde la "agonía" de subir la duna y el esfuerzo que te costó. Pero, ¿y qué pasa con esa maravillosa sandía que te comiste y ese peasho baño que te diste? Seguro que te compensó. En todo caso, perdiste una hora y ganaste una anécdota y un recuerdo para el resto de tu vida. Fuiste lista. No pain, no gain.
Un saludo! También al resto de lectores.
Álvaro.
Gracias por vuestros comentarios, me animan a seguir escribiendo un poquito más. La verdad es que no me arrepiento del "esfuerzo sobrehumano" de subir la duna, es cierto que fue toda una experiencia, aunque me quemé los pies, jeje.
EliminarBesos.